Mostrando entradas con la etiqueta desgano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta desgano. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de noviembre de 2008

Caminata astral.




Música recomendada para acompañar la lectura de este post.

Tengo mucho sueño. Son casi las tres de la madrugada, y no entiendo por qué lucho contra mi natural deseo de dormir. No tengo tareas pendientes, no tengo que leer nada, no estoy hablando con nadie importante, no estoy componiendo, sólo estoy frente al ordenador, pero sin estarlo demasiado. Me siento como si fuera otro caso clasificado de desdoblamiento astral, abandonando el peso de mi cuerpo inerte de mortalidad, recostado contra la pared y con las manos sujetas con fuerza del computador. Siento que mi mente se ha liberado de la cuadriculada miopía mundana y se siente dichosa de vagabundear, nictálope como es ella, entre farolas encendidas y ventanas cerradas. Se deja guiar por el viento bullicioso de esta noche, libre, libre como dije antes, pero con un camino inconsciente que no está segura de seguir. Me percibo extraviado por mí mismo, atolondrado por no tenerme en cuerpo presente, pero libre, dichosamente libre de ir a donde mis pasos me tienen prohibido acercarme. Libre para tocar los cristales opacos del ventanal de tu habitación, y asomarme a verte dormir, si es que la coincidencia confabula a mi favor, y no te has fugado de ti misma, como estoy haciendo yo ahora mismo.
Me permite la fantasiosa situación el elevarme sobre el conglomerado de puntos luminosos color naranja, para deleitar mi sueño con un paisaje proscrito para los peatones, pero hoy mi mente es libre, dichosamente libre y altiva, hoy no caminará, no se arrastrará como ha venido haciendo, hoy dejará estelas azules en un fondo negro, para que sepan que por ahí ha pasado. Dibujo siluetas informes en la bóveda celeste sólo de alias, pretendiendo que se vea una rosa, un eclipse, y con suerte algún signo, entre nos, distintivo que se anime a pronunciar bajito tu nombre. Me elevo aun más para poder decorar mi cuadro abstracto, como el niño que a fuerza intenta embellecer sus garabatos, y lograr así, quizá, que te robe a fuerza una sonrisa. Tomo los anillos de Saturno para colocarle una diadema a ese signo que pronuncia bajito tu nombre, me adueño de treinta lunas de Júpiter para vestir la rosa de gotas que emulen al rocío, y a expensas de quemarme en carne viva las manos, arrastro al mismo sol para tu eclipse. Dejo los garabatos boreales detrás, vigilados por la posibilidad, y me doy a la fuga por los matorrales nebulares que se extienden por debajo de la oscuridad pre matinal.
Mientras prosigo con la danza desvelada que ejecuto al unísono de los latidos asincopados de allá abajo, mi mirada hasta ahora difusa y cristalina se detiene en un punto de la espesura etérea. Divisa una silueta dando tumbos sin compás, sin métrica orientadora y sin que le importe aquello; dándole más gracia que una luna blanca a una marcha a paso lento por la playa. Me acerco sin que me interese el no hacerme notar por esa grácil figura, imitando sus revoluciones, intentando seguir sus espasmódicas aceleraciones y procurando no innovar más movimientos a su coreográfica exhibición. No la percibo incómoda, no le siento disconforme ni intimidada, al contrario hay algo en ella que es familiar, quizá sea que esta noche también ella es libre, dichosamente libre para ser lo que sea sin que le pese no serlo. Aunque aparentemente no nos conocemos de nada, este es nuestro plano ahora, y aquí somos conocidos eternos, ancestros de Adán y Eva, abuelos del mismo Dios, predecesores del tiempo, somos dos que siempre han sido desde que las cosas comenzaron a ser. La coreografía de imitación cede el paso a un verdadero baile, donde se conjugan nuestras estelas azules en cada nuevo paso que fabricamos sobre la marcha. Disfruto de ser libre esta noche, y sé que ella también lo disfruta, ascendiendo hasta los propios límites del universo que somos los dos, sólo para dejarnos caer en picada sobre el mar, sin decir más que aquello que nos interprete el viento, somos libres, dichosamente libres.
La noche que apenas tarde horas en desvanecerse, permanece como contratada o convencida de favor, extendida sobre el umbral del alba. Me siento feliz, pero estoy triste. He disfrutado del ballet celestial que me regaló aquella que danzaba sola sin compás ni métrica que la oriente, y lo disfruté, gocé conmovido de la profundidad del silencio quebrado sólo por lo haces de luz que viajan de la fuente a la opacidad, pero no te vi dormir. Hoy la coincidencia no confabuló a mi favor y los opacos cristales del ventanal de tu habitación se quedarán tal cual los cerraste. Hoy no pude acomodarme al lado de tu cuerpo para vigilar que tus ojos no se abrieran sino hasta el momento en que el sol se deslizara por tus piernas dándote los buenos días. Eso me entristece y le quita lucidez al tramo final de esta jornada ficta pero tangible. Y mientras me acerco por última vez en la noche al dominio de tus aposentos, aquella figura que danzaba sola en la total oscuridad salpicada de exiguos puntos de plata se atraviesa en mi camino con un gesto infantilmente travieso. La persigo hasta que me detengo por inercia al espectar una situación fuera del guión que suponía finito, pues aquella figura solitariamente refrescante se acerca a los cristales opacos del ventanal de tu alcoba, se escabulle despacito y se deja reposar sobre el tibio cuerpo inmóvil que tanto venero en el mundo real como en este. Antes de fundirse de pleno contigo, me obsequia un final guiño propio de los implicados, y hecho esto desaparece el halo azul que he seguido el último tramo de la madrugada, dejando tras de sí el halo dorado que despide tu esencia ahora completa.
Me alejo de la representación que acabo de presenciar rayando entre la confusión, el asombro y un cosquilleo en el pecho que identifico con la efímera pero atesorada felicidad. Es que aunque sepa que en el mundo de arena e hipocresías el andar es más pesado, las miradas más frías, la indiferencia repelente y las caretas la constante inalterable de la ecuación, siempre me quedará este plano perdido de toda lógica que lo rija. Siempre encontraré la salida en aquel cielo oscuro como es el infinito, salpicado de puntos plateados, donde sé que podré contar con que aunque tu mano envuelta de tibia piel ya no tiente el toparse con la propia, tu espíritu astral, ese que no puede ocultar nada por lo transparente de su halo azul, siempre estará ahí, esperando a que lo encuentre bailando en soledad, sin compás ni métrica que lo guie. Siempre esperándome en el mismo lugar, a donde yo, luego de revisar los opacos cristales de tu ventanal para asegurarme que afortunadamente la coincidencia no ha confabulado en mi favor y no te encuentras ahí, iré a buscarte. Así, al fin recorrer de extremo a extremo el páramo imaginario que se irá gestando al tiempo que avanzamos, hasta llegar a las constelaciones más lejanas y desconocidas, para sentarnos en la órbita de algún mundo ignoto a mirar este que habremos dejado atrás, con todo su andar, sus miradas, su indiferencia y sus caretas.
De repente me despierto, son casi las 4 de la madrugada, ahora entiendo que no puedo luchar contra mi natural deseo de dormir. Logro abrir al completo mis ojos, debo restregar mis manos contra ellos para disipar el sopor que aun consiento sobre mi cabeza. Me estiro un momento, hago tronar las articulaciones de mi cuello y me recuesto clavando la mirada en la imagen de un castillo blanco y plagado de altísimas torres, que adorna mi techo. Me giro y veo la computadora encendida, los programas que estaban abiertos siguen como los deje, las conversaciones han cesado por la ausencia de mis contrapartes. Empiezo a escribir estas líneas, y reparo en que debí comenzar diciendo que los vuelos astrales no son reales. Lo sabré yo.

jueves, 21 de agosto de 2008

Desistí




Música recomendada para acompañar la lectura de este post.


Es innegable. Ni siquiera presté atención a lo último que dijo un sujeto gordinflón y de aspecto más bien repulsivo en su afán de aparentar ser gracioso, pero tuve que decir algo que sonara sobrio, elocuente, inteligente, supongo. Es innegable. Un tipo andrajoso, pero curiosamente bien afeitado parece percatarse que abrí la boca sólo como un acto reflejo y me pregunta por qué lo digo. Que bochorno, pensaría, pero me da igual lo que pueda pensar este tipo andrajoso, pero curiosamente bien afeitado. Le respondo con una mirada severa y abandono mi usurpado lugar frente al escaparate de la venida a menos tienda de electrodomésticos. Si no mal recuerdo, se supone que estamos a 16 grados, o al menos eso mintieron por la televisión. No es que no les crea a los meteorólogos, es sólo que no confío en nadie, desistí.

Gente sin chompa ni jersey, chicas sin abrigo, muchachos en polos de manga corta. Tengo una casaca de cuero probablemente de mi edad, y eso es decir bastante, bajo ella una camisa de franela y una camiseta. Me congelo. Oí decir en la televisión que cuando el cuerpo envejece uno puede experimentar una sensación de frío cada vez mayor. Preferiría no hacer caso, pero supongo que tendrán razón. Quizá no sea eso. Mis manos se encogen en los bolsillos de mi casaca de cuero probablemente de mi edad, trato de meterlas más adentro, como si aun les quedara más espacio. Camino casi mirando mis propios pasos, de momento en momento intento rejuvenecerme echándole una mirada a alguna jovencita de insensibilizada dermis, que ajena a los 16 grados de temperatura, desfila por la calle con ropas de verano. Me ataca un sentido de vergüenza de mi mismo. Los lobos jóvenes se comen a las gacelas más tiernas, los viejos nos conformamos con pellejos y carne de carroña. La idea me desconcentra, me resulta grotesco aquel cuadro salvaje y natural de mi propia metáfora. Al menos tiene un efecto disuasivo. Sigo mirando mis pasos, continúo. Llego a una esquina, no hay semáforo, pero si muchos autos. Que curioso, todos, casi, son del mismo modelo, marca y color. Esta ciudad parece invadida por ellos. Que amistosos deben ser sus conductores. Todos asoman su cabeza a través de su ventana y me hablan elevando una mano. Prefiero ignorarlos. Hoy quiero caminar, de nuevo. Me entrometo entre los autos y desaparece su “amistad” aunque sus manos siguen elevadas, pero se mueven con mayor vehemencia. Los ignoro, no los oigo, pero sé lo que están diciendo, prefiero seguir ignorándolos. No es que no me importe lo que puedan decirme, es sólo que no me interesa en lo absoluto, desistí.

Por fin aterrizo en la banca más alejada de un cuasi abandonado parque. Oculto tras el follaje de un arbusto o maleza, no soy un botánico, desconozco la diferencia más obvia, trato de ocultarme, de mimetizarme con el follaje del arbusto o maleza. Me acomodo. Dejo que mi humanidad se desparrame a su antojo en esa banca tan alejada, nunca tanto. Me dispongo a contemplar a los peatones de turno, en silencio y en total anonimato. Es casi como ser un voyeur de la cotidianidad. No pasa ni medio minuto y tengo delante de mi improvisado observatorio una joven pareja. Ignoro si son enamorados, novios, simples amigos que acaban de descubrir que la efervescencia de sus hormonas es correspondida, infieles que aprovechan la lejura de este parque para desfogar los deseos que les reprimen aquellos a quienes debieran ser fieles, un par de desconocidos que atrapados en un momento de locura se han presentado a través de un beso digno de las prácticas de un otorrino. De lo que si podría estar seguro es de que por ningún motivo están casados. De ninguna manera si aun guardan esa pasión que no se cohíbe fácilmente. Quién sabe. Yo no. He contado el paso de 6 vehículos y ellos, jóvenes, aun no se separan. Sonrío pensando que es hasta gracioso, es cosa de series televisivas o películas endulzadas, no de realidad. De nuevo me equivoqué, parece. Al pasar el noveno auto, y tras un bocinazo impertinente les veo irse de la mano hacia el bullicio cosmopolita del que me vengo alejando. Enamorados, novios, amigos, infieles, desconocidos que se han encontrado. Esto último parecería lo más bonito. Puedo intuir que no ha sido así. Continúo sentado como un improvisado vigía. Se acerca dando tumbos un ser caído en la negación de su propia miseria. Puede que haya salido de alguno de esos huecos que abundan por esta zona. Como una alimaña humana abandona aquellos agujeros al caerle la noche, y se desplaza torpemente entre las callejuelas más solitarias en pos de hallar algo barato o gratis que le sirva para llenar su estómago. Veo sin preocuparme, que se acerca cada vez más a mi improvisado puesto de vigía. Cuando al fin lo tengo cara con cara me entra el abatimiento de ver que es apenas un mocoso. No tendrá quizá, más de 16 años, al menos eso parece traslucir de su prematuramente demacrado rostro. Me conmueve más recordar que oí alguna vez en la televisión que el ingerir alcohol causaba un efecto de envejecimiento más acelerado. Me pide una propina casi en imperativo. Miro hacia otra dirección. Insiste. Insisto. Cuando su solicitud incluye una grosería me levanto dejándole ver que pese a mis años le saco en ventaja casi dos cabezas de alto. Mal plan. El alcohol le ha quitado el sentido común, no se amedrenta, au contraire. Lo tomo por el brazo derecho, flaco, lleno de moretones y una que otra cicatriz. Empujo sin mucha fuerza su tambaleantemente lastimera figura al son de un ¡Fuera carajo! Se aleja. No se si fue el empujón, el grito, miedo quizá. Tal vez un hambre apremiante y poco tiempo que perder con un viejo sentado en la banca más alejada de un cuasi abandonado parque. No es que me guste alejarme de la gente, es sólo que no me agrada estar rodeado de ella, desistí.

Intento ver la hora en este reloj. Mala compra. Desde el primer día no funcionaba bien. Por qué no lo cambie. La tienda estaba repleta de gente. Pase 6 días delante de ella. Siempre llena de gente. Eso me desanimaba de entrar. Conserve el reloj aunque no se conservase bien. Lo golpeo con el dedo, pero no hay manera. Veo pasar presuroso al que quizá sea el último peatón extranjero de este cuasi abandonado parque y en derredor. No luce como uno de los tantos que pululan el sobrecrecido follaje de sus arbustos o malezas. Lleva un reloj. No le pregunto la hora. Ya no lo considero necesario. Verlo alejarse con prisa de estos lares me basta para comprender que a veces alejarse del bullicio y de la masa humana que se agolpa en la cuidad, puede tener un precio mayor a unos billetes, una casaca de cuero probablemente de mi edad y un reloj que no funciona bien. Me levanto y comienzo el retorno. Me llama la atención como la noche asociada desde siempre con el miedo, la inseguridad, la oscuridad y lo malo, hoy iluminada con artificios, pueda ser asaltada por tanta gente de rostros sonrientes, ajenos a toda esa oscuridad en la que se deslizan en rebaño. Prefiero no verlos. Camino mirando mis pasos. Es extraño. Hay más ruido que en el día. Más autos. Más. Gente. Más. Me invade una sensación de desconcierto. Envidia quizá. Puede ser. Empiezo a enojarme. Con ellos y conmigo, contigo sólo en parte. Pasan pretendiendo ser felices a mi lado. Miro con mayor atención mis pasos. Profesan amor, se ríen, van cantando. Me concentro en oír el ruido de mis zapatos cayendo sobre el suelo. Se hacen más reales. Me vuelvo entonces una suerte de sueño. Camino entre ellos, los veo, los oigo, los siento. Ellos a mi no. Oí alguna vez en la televisión que la mente humana para protegerse puede lograr que uno vea sólo lo que quiere. En mi no habría algo que ellos quisieran ver. Quisiera que ellos no estén y es como si yo no estuviera para ellos. Mejor. Mirando mis pasos, oyéndolos, llego hasta esta puerta. Tanteo en los bolsillos de mi pantalón en busca de la llave. Rechina la puerta. Un golpe seco. Me acerco al comedor. Aun siento frío. Bebo un café caliente, agua de termo, a mi no me esperan con un café caliente. Simplemente no me esperan. Con la taza entibiando mis manos me deposito frente al televisor de la sala. Lo enciendo. Detesto la televisión. Pero es la única compañía que puedo tolerar. Control remoto en mano salto de canal en canal, una y otra vez. No veo nada. Nada me interesa ver. Es sólo por hacer algo estando aquí. Un canal del cable. Sabía usted que según una encuesta de la Universidad de Michigan el 70% de las personas no está satisfecha con su vida…No necesitaba a la televisión para saber eso. Me siento importante. Me siento el 70% del mundo. Cambio el canal. Se acaba el café, continúa el frío. No quiero más compañía por esta noche. El televisor se apaga y las luces lo imitan. Subo las escaleras y reparo en sus rechinidos. Eso le da un toque sofisticado, supongo. Las casas antiguas y valiosas rechinan por doquier al andar en sus pisos, rellanos y escaleras. También lo hacen las casas abandonadas, mustias y ruinosas. Regreso a mi realidad de bruces, mi casa no es antigua ni valiosa. Mi alma también rechina. Soy viejo, no antiguo. Mi corazón debe ser muy antiguo y muy valioso. Rechina más que nadie. Lo sé…lo sé. Me acuesto sin taparme aunque sienta tanto frío y me quedo mirando el techo de mi cuarto, como si fuera el cielo plagado de constelaciones. Miro de reojo tu almohada, se me escapa una sonrisa. Oí decir alguna vez en la televisión que el extrañar demasiado a alguien o a algo hace que a veces sintamos que ese alguien o ese algo aun sigue aquí con nosotros. Yo que casi puedo verte. Cuánto será. Mucho, supongo. Vuelvo a mirar las constelaciones invisibles del techo de mi habitación. En cuál estarás tú ahora. Golpean llamando a la puerta. No es que no me guste vivir, es sólo que ya no le encuentro sentido a seguirlo haciendo. Desistí.