Mientras más oscuro está el cielo, mientras más penumbra haya en la tierra, más brillantes se verán las estrellas.
No es un mantra de optimismo, ni una invocación a ver el vaso medio lleno, es sólo algo en lo que creo, algo que guarda mucho de cierto y mucho de encanto si lo escuchas de los labios indicados.
Dicen que la oscuridad no existe, que es sólo la ausencia de luz, yo pienso al contrario, la luz es sólo irrupción en la oscuridad…
La oscuridad es injustamente temida, es menospreciada, la gente tiende a evitarla y a combatirla, a identificarla con la maldad y lo nocivo, pero pocos reparan en la serenidad y el sosiego que puede hallarse en ella. Nada es malo per se, somos nosotros quienes les atribuimos esas cualidades, a veces con grandes desaciertos…
La oscuridad es tan antigua que existió antes de que siquiera hubiera algo que exista, fue el escenario donde apareció el universo, que por cierto jamás dejó de ser oscuro.
La oscuridad es el telón de las historias, las leyendas, los mitos y las tradiciones, es el contexto propicio para que se narren epopeyas pasadas y se maravillen las mentes.
La oscuridad es la cómplice de los amantes, la que les guarda sus secretos, quien los acoge a hurtadillas para que se prodiguen las caricias más ardientes.
La oscuridad es el lugar en que la imaginación se desata y se disparata, es el umbral de lo convencional donde las ideas vuelan y se gestan los más ambiciosos proyectos.
La oscuridad es la antesala al sueño, el preludio perfecto del descanso profundo, donde los anhelos terrenos se desplazan desprovistos de ataduras y construyen paraísos de párpados cerrados.
La oscuridad es la forja donde se muestra la valía del coraje, donde se enfrentan los miedos internos a la luz del brillo de los propios ojos solamente, donde entran los infantes y emergen los hombres.
La oscuridad es la madre de la noche, de su encanto, de su atrapante silencio y las emociones que afloran en la piel al caminar entre sus sombras.
La oscuridad es el enebro de la lluvia, opacando el cielo y enviando sus versos acuosos a besar la tierra y los rostros fascinados de los enamorados.
La oscuridad es el reposo de la tierra, el dormir de su fuego íntimo tan gastado, la oscuridad es el llamado de atención de las voces sin voz, la oscuridad es la señal de que aun se puede hacer algo, la oscuridad es una verdad innegable…
La oscuridad es un símbolo muy fuerte, así que este sábado 28 de Marzo, todos tenemos la oportunidad de ver el brillo de la oscuridad, su faz más cercana, entendiendo que una hora de esa oscuridad tan incomprendida será una centuria de luz que podremos vivir para ver…
Apoyemos la “Hora de la Tierra”… que mientras más oscuro esté el cielo, y mientras más penumbra haya en la tierra, más brillantes podremos ver las estrellas.
Deambulando entre seres que deambulan como yo, me encontré con una aparición etérea, traslúcida y taciturna. No sentí temor, al contrario, sentí cierta curiosidad que me hizo aproximarme hasta casi sentir el frío que de ella emanaba. Algo de nostalgia había en sus ojos ausentes, mucho de angustia y una pizca de impaciencia. De pronto los seres que deambulaban como yo se detuvieron, se volvieron espectadores de este diálogo mudo, atentos a cada gesto inmóvil de sus frías y mis tibias manos.
Su figura traslúcida, etérea y taciturna de ojos ausentes se dejaba ir con el viento que se entrometía. Pero parecía querer quedarse en su lugar, luchando contra las fuerzas que la desplazaban, rogando sin hacer ningún ademán, que la dejaran quedarse ahí. Me conmovía su fragilidad y le tendí una mano, pero no levanto la suya para tomarla, le lanzó una mirada ausente y regresó a su perplejidad combativa.
Los seres que deambulaban como yo y ahora detenidos todos, retomaron su marcha, regresaron al ritmo imparable de su vida, atropellándose unos a otros y a sí mismos. Nos dejaron atrapados en medio de su discurrir presuroso, a mí y a la figura taciturna, etérea y traslúcida. Varados entre su corriente como un islote de dos esencias que no se conocen pero se identifican.
Ella me tendió su fría mano y yo la tome, sentí como si el agua de un manantial glaciar se escapara entre mis dedos, ella volvió a mirar mis tibias manos con sus ojos ausentes, cargados de una pena que no conocía. Abrí mis brazos y me acerqué dos pasos, me inundó el frio de su ser, fundiéndose con mi aliento hasta volverse cálida.
Abrí los ojos y cerré los brazos, y vi como la masa que deambulaba como yo se movía inmutable ante lo que acababa de pasar. Los vi atropellarse unos a otros y a sí mismos, los vi infelices y amotinados. Detuve mi quietud y comencé a deambular, no con ellos, me elevé como si fuera una figura etérea, traslúcida y taciturna. Me elevé sobre la masa deambulante y deambule hasta perderme en mi ruta. No sentí temor, al contrario, era libre por primera vez en más de mil eones.
Música recomendada para acompañar la lectura de este post. Lisa en el espejo del gran grupo peruano "Mar de Copas"...no se me ocurre una mejor canción...
Se decidió a no pensar en esa persona, a ignorar que existía y pretender que jamás lo hizo. A pasar de largo en su camino, a mimetizar sus palabras para que no volvieran a mencionarle. Se decidió a no mirar más a esa persona, a cerrar sus ojos con los párpados abiertos cuando la tuviera delante. A tapiar con soplos de viento sus oídos cuando aquella hablare. Se decidió a no saber más de esa persona, a evitar toda mención de su nombre siquiera. A tenerla como un fantasma, como un alma penitente que nunca ha estado.
Tanta fue su decisión de eliminar de su ser a esa persona, de suprimirla y borrarla, de desaparecerla de cada uno de sus poros; tanta fue su decisión que terminó por olvidar que alguna vez la conoció.
Tal fue la fuerza de su olvido que la fue haciendo desaparecer más allá de su intención, más allá de su convicción férrea de ignorarla. Sus ojos ya no la veían, sus oídos ya no podían escucharla, su nariz ya no se topaba con su perfume, su cuerpo pasaba a través de ella como pasa un suspiro rasgando el aire. Más fuerte que la física y las leyes de la materia era el voto de olvido que traía a cuestas.
Tal fue la fuerza de su indiferencia y la vehemencia de su decisión, que la borró de su mundo y del mundo real, al menos para él, y con el tiempo para los demás. La volvió arena en las dunas, la hizo pasto en la llanura, la tornó nieve en el glaciar, tan desapercibida que nadie la volvería a notar.
Con el tiempo su rastro en el mundo era menos que la huella de una gota de lluvia en plena tormenta, se volvió un olvido imperecedero y perpetuo como el fulgor de los astros primigenios. Y él pudo sonreír.
Se decidió a no pensar nunca más en esa persona, a ignorar del todo su existencia, a seguir de largo su camino, a no volver a mencionarle, a jamás volver a mirarle, a no prestarle oídos si hablare, a saber menos que nada de ella, a evitar toda mención de su nombre siquiera. Se decidió a pensar que nunca estuvo, como ya no está, porque ciertamente jamás había estado. Y pudo sonreír.
Los seres humanos somos criaturas que vivimos de la añoranza de tiempos pasados, de evocar las memorias de días mejores que se fueron como el agua que corre presurosa al mar de los empolvados recuerdos que caen por el desagüe. Vivimos pensando en retazos de nuestras experiencias, reflotándolas con la esperanza de asirnos a ellos como una tabla que nos mantenga a salvo del día a día que nos toca vivir. Añoramos esas experiencias que de un modo u otro significaron un punto de cambio en nuestras vidas, el primer día de escuela, el primer viaje solos, el primer amor no correspondido, el primer amor que valió la pena y obvio el que no, el primer beso, la primera vez, la primera decepción y otra larga lista de primeros etcéteras.
Claro que no todas las experiencias tienen el mismo valor, no es lo mismo recordar tu primer grano en la pubertad que el recordar el primer abrazo que te diste con esa persona que te movía el piso. Bajo esa premisa hay cosas que merecen ser recordadas y otras que ojalá se pudran entre el fango pestilente del más sacro olvido. Hay de todo en la viña del señor, y ciertamente hay recuerdos que quisiéramos que nos acompañen toda la vida, o por lo menos hasta que el Alzheimer nos menoscabe las facultades mentales más básicas.
Por ejemplo nunca voy a olvidar el primer viaje que hice con unos amigos a una ciudad que estaba al otro extremo de mi ubicación geográfica natal (dentro de mi país, claro está, aun no junto las rupias suficientes para poder ir a la India). Fue el último año de escuela, nosotros participábamos en la Feria Nacional de Ciencias, pero no dejen que el evento los engañe, no éramos (ni somos, mucho menos seremos) chicos devoradores de libros, tecnófilos adictos al álgebra y aficionados a resolver algoritmos con tres variantes. Al contrario, nos gustaban las cosas simples de la vida, como evadirnos del colegio para ir a casa de Juan (nombre que protegerá la identidad del segundo implicado) a tomar unas cervezas y jugar El Señor de los Anillos en la Play Station del “Chino” Ramiro (nombre que casi no reserva la identidad del “Chino”, pero algo hará). Hasta nuestro proyecto tenía algo que nos reflejaba, pues hicimos un insecticida utilizando alcohol y tabaco, dos sustancias con las que ya estábamos muy familiarizados.
Pero bueno, el punto es que ganamos las regionales y nos tocó ir hasta la competencia nacional, que se haría en la ciudad de Jauja. Nos preparamos para el viaje como si fuera una excursión más que una actividad que enaltecería los avances de la ciencia. Nos tomo casi veinte horas de viaje por tierra el llegar hasta allá, y si bien el bus que nos llevaba a todos los concursantes era cómodo, uno de los fulanos se antojo de llevar a su perrito y el pobre animal tuvo que evacuarse en el pasillo dándonos a todos algo que olfatear en el trayecto mientras nos acordábamos de la mamasita del cabrón ese (que como paradoja del destino nos ganó en la feria). La ciudad pese a ser de la sierra tenía una vida nocturna propia de las urbes del litoral, casinos, bares, pubs, restaurantes, teatros, shows en la plaza y nightclubs. Cuando llegamos nos instalamos en un convento que de día era una escuela para mujeres, por lo que se harán una idea de lo incómodo que era usar los baños comunitarios; pues si salías no tan temprano por la mañana te encontrabas con las chicas curiosas, y si ibas no muy tarde por la noche con las monjitas espantadas. Así que para evitarse situaciones bochornosas entrabamos a las duchas o muy tarde en la noche o casi de madrugada por la mañana, eso sin contar que el agua salía de las duchas casi congelada, una maravilla para la circulación, pero un desastre para el tamaño de…ok, continuemos.
El primer día nos la pasamos instalando el stand donde expondríamos nuestro proyecto hasta bien entrada la tarde y luego nos fuimos a turistear por la ciudad, preguntando lugares que visitar y mirando a las chicas que había por ahí (uno nunca sabe donde encontrará el amor o cuando menos un buen…ejemmm…ejemmm). Ese día nos dijeron que había un pub muy concurrido llamado “El Gato”, donde iban todos los jóvenes a escuchar música, beber, bailar y ligar, o sea todo lo que buscábamos. Paso el primer día y cuando nos aprestábamos para salir nuestro tutor, quien tenía que ir obligatoriamente con nosotros al viaje nos pidió que nos quedáramos a descansar la primera noche, para terminar de aclimatarnos, o si no podríamos terminar enfermándonos y perdiéndonos de lo que quedaba del viaje. Consideramos que tenía razón así que nos fuimos al convento dispuestos a dormir, pero al entrar todos los chicos estaban fuera jugando casinos, confraternizando y alguno que llevo su guitarra fungiendo de animador complaciendo pedidos musicales. Sobra decir que esa noche nos acostamos tarde, bien tarde, sobre todo porque acabando ese pequeño convivio, tuvimos que decidir cómo entraríamos tres tipos de tamaño promedio en dos camas de media plaza, porque ninguno quería dormir de a dos en un espacio tan reducido. Nos conocíamos bien como para dudar de nuestra hombría, pero con ese frío y todos sin novia, bueno, más valía prevenir, ¿no? Al final optamos por juntar las camas y dormir los tres en el espacio que había disponible, y todo fue bien hasta que en plena madrugada uno de nosotros termino colándose por el espacio que había entre las dos camas y terminó durmiendo en el piso, eso sí, bien abrigado por las sábanas.
El segundo día pasó sin nada interesante, salvo una horda de chiquillas que se enamoraron perdidamente de Juan, y se pasaron toda la mañana y la tarde siguiéndolo a donde iba, cargándole sus cosas y comprándole panes que parecían arena hecha bola, y dulces típicos de su región como Chiclets, Halls, chocolates y galletas Arcor, y otros similares… Esa noche salimos a jironear por la ciudad, primero fuimos a cenar con los demás participantes, pero siguiendo la lógica del “Chino”, debíamos hacer guerra psicológica si queríamos ganar, así que en lugar de comer el menú que nos daban a todos, nos pusimos nuestras mejores galas, ocupamos una mesa aparte de todos y ordenamos sendas pizzas familiares hawaianas y napolitanas, acompañadas de una jarra de sangría. Nos comimos todo ante las miradas de los ahí presentes, quienes luego de esa muestra de “originalidad” no nos volvieron a dirigir la palabra. Saliendo del restaurant, fuimos a una licorería, para apreciar su variedad etílica, y quedamos gratamente sorprendidos al ver que estaban muy bien abastecidos, aunque en ese momento no podíamos darnos el gusto porque al día siguiente nos tocaba presentar el proyecto ante el jurado. Para no quedarnos del todo con las ganas nos tomamos un roncito, como quien enfrenta el frío que hacía, y regresamos al convento cerca de la medianoche, donde cerramos el día botando al “Chino” en calzoncillo al corredor principal, mientras trabamos la puerta del cuarto con una mesa de noche que había ahí.
El tercer día salimos tarde, justo cuando estaban formando las colegialas en el patio de su escuela/convento; de más está decir que no fue muy agradable tener que atravesar el patio repleto de chicas curiosas ante los foráneos, sobre todo para Juan, quien se ganó suspiros, silbidos, piropos y un sonoro “ay mira que lindo el chatito”… Llegamos al stand y nos pusimos a exponer las maravillas del alcohol y el tabaco, como insecticida obvio, y así se nos fue toda la mañana y la primera mitad de la tarde. Cuando acabó todo eso regresamos al convento para cambiarnos, o eso intentamos, pero nos detuvo el sequito de admiradoras de Juan desgastándose en halagos y zalamerías sobre lo genial que estuvo nuestro proyecto y que de seguro saldríamos de ahí triunfantes. Cuando por fin nos libramos de ellas gracias al ingenio de Juan que las mandó a comprarle una gaseosa, pudimos volver a nuestro cuarto para ponernos más cómodos. Nos acicalamos, nos bien vestimos y sacamos la actitud más ganadora; listos para ir a la premiación partimos raudos esperanzados en recibir los lauros de la victoria, pero al llegar vimos con desencanto que el fulanito que llevo al perrito con problemas estomacales se alzó con la gloria, para estupefacción de todos los asistentes, pues el tipo quería purificar el agua usando radiación…RADIACIÓN!!!!... en fin, supongo que el jurado gustaba de la idea de tener agua limpia para poder ver nadar a lasgráciles truchas con dos cabezas.
Salimos de ahí ofuscados por el resultado, pero rápidamente la indiferencia nos mejoró el ánimo, además que las fans de Juan llegaron a alzar su voz de protesta, diciendo que nosotros éramos los ganadores indiscutibles y esto era una evidente injusticia. Para esto Juan ya no sabía cómo sacárselas de encima, y lo peor vino cuando rodeándolo le pidieron su número telefónico, su e-mail y su dirección, tu sabes, para mantener el contacto. El “Chino” y yo no pudimos con nuestro genio y ante el nerviosismo de Juan les dimos todos los datos que ellas requerían, ellas muy agradecidas nos invitaron a bailar a “El Gato”, donde se ofrecieron a darnos una “cálida despedida”. La promiscuidad del “Chino” lo hizo aceptar en nombre del grupo, con lo que las muchachitas se fueron emocionadas a embellecerse, quizá. Juan totalmente desencajado dijo que ni huevón se iba con nosotros porque lo iban a violar, así que volvimos al convento para concertar que haríamos esa noche. Finalmente decidimos ir a comer y luego regresar a dormir, total el salir no era algo que realmente quisiéramos hacer, o eso pensaba yo.
Luego de volver del restaurant, donde nos unimos a la masa de comedores de menú, mientras que el fulanito radioactivo celebraba en su mesa, nos quedamos conversando sobre el viaje casi una hora. Eran ya las diez de la noche cuando Juan y el “Chino” decidieron salir con nuestro tutor a ver qué onda pasaba con “El Gato”, así si se encontraban con las acosadoras, tendrían el pretexto de haber ido con un profesor para poder proceder con las acciones evasivas. Yo me quede en el convento conversando con el guardián, el “tío Cirilo”, quien me contó de las variopintas leyendas urbanas de Jauja y del convento, como la monja sin cabeza… Ok sé lo que están pensando, por qué razón me quedé a oír a un vetusto y sus relatos de terror en lugar de salir con mis amigos a un pub a divertirme un rato… Bueno, la verdad pensé que regresarían rápido, pero volvieron casi a las tres de la mañana, y me dijeron que habían estado en “El Gato”, bebiendo un poco y conversando con algunos chicos de la feria, y que nunca llegaron las admiradoras de Juan. Yo me creí de pleno la historia que me contaban, sin imaginar que, y esto es una confesión entre botellas y cháchara que se dio casi seis meses después de este viaje, habían terminado entrando al nightclub que vimos el primer día que llegamos. Al parecer “El Gato” estaba muerto, o cuando menos agonizando, porque no había casi nadie ahí, y antes de terminar solos en el pub, o peor aún, solos con las Juan-fanáticas, decidieron ir a otro lugar, y que mejor que un nightclub para despedir con broche de oro el viaje. ¿El por qué de sus silencios? Simplemente temían que a mi se me pudiera escapar algo al contar las aventuras y desventuras del viaje, cosa que no tenía sentido porque me dejaría en evidencia a mi también pero cosas que pasan, cosas que pasan.
Al día siguiente emprendimos el retorno, y aunque yo no fui con ellos al club al menos me quedé con lo bueno de haber viajado, pues al llegar y retomar las clases, nos enteramos que la promoción había decidió no hacer el tradicional viaje escolar a Machu Picchu, y en su lugar harían un mega magnífico y fantástico reventón… De más está decir que la fiesta esa fue un asco, que terminó con peleas, borrachos siendo sacados a empellones y que todo acabo a las dos de la mañana. Con ese panorama tan deprimente nos sentimos como ganadores aunque nos haya derrotado un chico que tomaba agua irradiada, y aunque yo no haya conocido el nightclub “Dakota”.
Hoy ya van pasando seis años de ese viaje, y siempre que nos reunimos con Juan, porque el “Chino” ya anda en otras, nos acordamos al menos por un momento de todo lo que paso esa vez, sobre todo de sus fans y los panes de arena. Supongo que es como dicen en la televisión los ancianos sentados en sus mecedoras bebiendo una infusión, justo antes de que la pantalla se ponga color sepia y se oiga una música de rocola al fondo… Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.
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