lunes, 17 de noviembre de 2008

Amigas que torturan - Parte 1


El ser humano es una criatura en constante relación con su entorno, y esto implica relacionarnos no sólo con las plantitas que crecen cual musgo o liquen invasor en nuestros maceteros, o con la mascota de turno que milagrosamente sobrevive a nuestros descuidos, sino también (y para mala suerte de forma primordial) con los demás seres humanos.

Supongo que surgirá la interrogante sobre la razón que me hace atribuirle el revestimiento de mala suerte a tener que relacionarnos con nuestros semejantes genéticos. Bueno la respuesta sencilla es que como todos nosotros somos perfectamente imperfectos, nuestras acciones también suelen serlo, y sus efectos no se limitan a nuestro ámbito personalísimo, sino que arrastrándose como un huaico (alud para lectores que prefieran términos más refinados) llegan a otros, los que tenemos cerca, y los golpean de forma inesperada, haciéndonos ver cada vez más y más descuidados, hirientes, peligrosos y hasta nocivos dirían algunos.

Un claro ejemplo de ello es cuando uno demuestra lo temerario que puede llegar a ser y se arriesga a confiar su mundo interior a otro, dándole un cierto poder sobre uno mismo al mostrarles aquello que de común ocultamos al resto de los mortales. En el caso de los poderosos machos alfa XY, el receptáculo privilegiado de esa confianza masculina tan evasiva es generalmente “ella”, bien puede ser tu novia, tu enamorada, tu agarre prolongado, o tu amiga, y no, no precisamente tu mejor amiga, pues los hombres somos una especie extraña al momento de relacionarnos con el sexo opuesto que tanto deseamos, pues al conocer alguna chica que en nuestra psiquis encuadre en el modelo de “apta para todo uso (y disfrute)” se desactiva el sistema de aislamiento interior como un astuto medio de generar un vínculo de confianza con dicha fémina, con el único afán de que vea nuestro lado sensible, humano, tierno y necesitado de cariño para así poder hacerle ver que ella es la perfecta candidata para prodigarlo.

Es ahí donde el hombre común empieza a interactuar con su eventual nueva amiga, y si bien es cierto que generalmente esas amistades devienen en un verdadero trato amical, donde la etiqueta melosa y cursi del “hermanito - hermanita” hace su estelar aparición, también aparece como un experto cazador aborigen al acecho una extravagante relación humana muy contemporánea, en donde tu amiga actúa como tal, pero en el espectro radiofónico que los conecta envía mensajes no tan ocultos que digamos que a todas luces nos indican que su interés se trasluce en un campo un poco más profundo que el amical. Vamos! ¿A quién no le ha pasado alguna vez? Quien esté libre de este nada bochornoso pecado que se sienta libre de arrojar la primera piedra. Es algo súper común y siempre con la misma estructura ecuacional (chico + chica) + [(amistad *atracción) / soltería] – amistades en común + otro chico = flirteo discreto no consumado. Esto es casi una ley aritmética sino natural, pues cuando tengas una amiga que se convierta en “aquella amiga” de quien hablas a tus amigotes, y con la que incluso te aventuras a fantasear en un posible relación (la duración de la misma no importa, nótese que el factor principal es la mera atracción) esta parecerá responder a tus esbozos mentales sobre su persona, hey! son mujeres que esperaban, no en vano la historia les reconoce un sexto (y no muy bien empleado) sentido, ellas pueden darse cuenta de inmediato si tu mirada la engloba en aquel intangible altar de la “hermanita” o si la sumerges portando un diminuto bikini en la laguna de tus libidinosas fantasías de dormitorio. Pero la dicha de ver aparentemente correspondidos tus ruegos pasionales por la mujer que, gloria a Dios, no sólo te gusta y te entiende (no en vano es tu amiga) sino que además te encuentra atractivo, nunca durará mucho, así que más valdría no hacer planes a largo plazo con ella.

¿Y por qué extraña razón pasa esto? ¿Por qué no podemos dejar que nuestra mente forme una tierna imagen de aquella amiga nuestra convertida en nuestra enamorada? ¿Por qué no poder verla quizá convertida en nuestra devota fanática número uno? ¿Por qué no ir aún más allá de lo evidente como Leono, e imaginarla como nuestra eterna Cheetara, madre de nuestros Felino y Felina? ¿Respuesta? Porque ni siquiera llegaras a probar el oleoso pero adictivo sabor de su labial o brillo de preferencia, cuando mucho podrás arrancarle con sobrehumano esfuerzo un abrazo de más de 30 segundos con palmadita y caricia en la espalda, ya! si eres un tipo afortunado un chabacano e innecesariamente sonoro besito en la mejilla (la que no querrás lavarte porque representará las siguientes semanas el salvavidas de la esperanza que aunque tiene cáncer Terminal y septicemia generalizada se resiste a morir). Y es que ellas son así, gustan de practicar y afinar sus dotes seductoras innatas en blancos neutrales, que según su inocente óptica maliciosa no tendrán repercusiones mayores a un masculino moqueo nocturno en la intimidad de una alcoba. Ellas creen que por el hecho de ser “amigos” el flirteo que inician tan sutilmente (tan sutil es que es probable que te hagan creer que tu lo empezaste al malinterpretar su conducta contigo, tamañas mentirosas!) es algo intrascendente, una cosita de nada, un jueguito mutuamente consentido que le pone sabor a la vida y del que una vez “aclarado” todos se reirán mientras beben unas cervecitas en grupo.

¿Pero qué las motiva a hacernos esto? La verdad que en la experiencia propia y ajena que he compilado no hallo mayor razón que un divertimento, una tentativa a las probabilidades que no pretende ir a algo ciertamente serio, una inquietud por ponerse a prueba a ellas mismas como seductoras y/o cazadoras que desmitifican el terriblemente errado cliché de “sexo débil”, un gustillo por este amigo que bien saben las mira con ojitos perdidos tras sus lentes oscuros, ese típico ay es lindo, pero no se, es mi amigo…aunque…¿quién sabe no?…¿Quién sabe? Es lo que digo yo ahora, pues pretender hallarle una respuesta a este dilema es un objetivo muy ambicioso.

Lo curioso de esto es que las características son siempre sumamente similares, primero esta todo okay, todos muy amigos, todos salen en grupo nunca solos los dos, si quedan para ir a bailar es siempre con la manchita donde conviven habitualmente, se cuentan sus cosas, inclusive se pueden molestar el uno al otro con alguna tercera persona que en el noble espíritu del amigo se considera apta (jamás ideal) para que represente el rol de su pareja. Luego ocurre lo inevitable, cierto es que todos nos hacemos amigos de aquellos que poseen algo que nos resulta atractivo o admirable, sea su sentido del humor, su inteligencia, su carisma para afrontar la vida, su originalidad, su billetera y su disposición a la hora de pagar las cuentas (no hay razón para negarlo) o su aspecto físico y/o apariencia en general (esto rige especialmente en acercamientos del sexo opuesto ya que toda aproximación en un primer momento no apuntala a la amistad sino a la conquista, la cual exige un reconocimiento del terreno al que se pretende ingresar), y en base a ello se determinará inconscientemente el grado de afinidad para con ellos, pues en esos grados de afinidad que hay de un hombre hacia una mujer (y viceversa) existe cierta nota de gusto o atracción la cual puede desaparecer o aumentar desmedidamente hasta acarrear la perdición de un pobre hombre. Cuando sucede esto es normal que el hombre en su proceder rudimentario deje entrever aquel gusto (y como ya explique antes las mujeres lo perciben casi en el acto y se aprovechan de ello) y al ser detectado por la “amiga” comenzará primero a utilizar sutiles tácticas de despiste para disipar cualquier duda que pueda tener en cuanto a su intuición; lo más común es que inicie sus operaciones enviando e-mails cadena, al principio, sobre la amistad y el amor los cuales firmara con besos y abrazos a todos los destinatarios, que oh sorpresa! nunca serán más de 5 personas (3 de sus mejores amigas, algún primo o su hermano si lo tuviera y tu), para dar paso a su ofensiva por el Messenger entablando conversaciones más prolongadas de lo usual, las que de hecho se extenderán hasta altas horas de la madrugada abordando temas triviales, repetitivos y carentes de relevancia, pero que de seguro encontrarás de lo más interesantes porque extrañamente esa que te interesa deja de lado su sueño por hablar contigo sobre lo curiosos que se ven los plátanos cuando se ponen negros y arrugados al madurar demasiado, con todo esto y tu aceptación en seguirle la corriente, acompañado de seguras frases que se te escaparán cuando ella haga algún comentario negativo sobre sí misma, del tipo vamos, no digas eso, tu no eres tonta amiguita, si eres de las más inteligentes que conozco (emoticon sonriente o flor incluida) le habrás dado todo lo que necesitaba para saber que te tiene a un paso de estar comiendo de su mano.

Luego de haber allanado el terreno de sus dudas a través de la obtención de una tácita confesión virtual por parte de un mamotreto maravillado de la atención que le han prestado las últimas 3 noches (tiempo hasta de sobra para que una chica astuta sepa si hay o no interés alguno hacía si regia persona, lo dije antes, son expertas en ello) la musa más reciente de su encervezada comarca,ella procederá a acercamientos mayores, pero muy bien estudiados, casi planificados por el mismo Montesinos en la salita del S.I.N., imperceptibles para el resto del mundo que se sorprenderá cuando les preguntes si no han notado algo extraña a fulanita últimamente…no, nada que ver brother, ¿de qué ah? Yo la veo igualita que siempre, alucina…pero tú sabrás, o al menos intuirás algo distinto en ella, que tan astuta encaminará todo su proceder para que única y exclusivamente tú, y tú y nadie más que tú y tú y tú, lo note. Por ejemplo si antes las salidas al cine, a comer o a bailar eran realizadas como un ritual de tribu del que todos participaban por igual, ahora ella se las ingeniará para que en alguna ocasión tu ego masculino y esa connatural esencia neandertal de perseguir a la presa te hagan aislarte de la seguridad del rebaño para quedar a solas con su presencia. Es de lo más sencillo para ellas, basta con que en alguna oportunidad lancen al aire el mínimo comentario sobre aquella película que acaban de estrenar en el Cineplanet (obvio, ellas no aceptan que el coto de caza lo determines tu, hasta en eso son tan hábiles que pueden elegir el terreno de juego sin siquiera esforzarse para ello, total, saben que lo que quieren uno se lo conseguirá) y que les encantaría ver, pero que saben no es del agrado de la mayoría del grupo, sea por lo excesivamente romántica o aburrida, o porque no hay superhéroes, acción, sangre ni calatas, por lo tanto el grupo no irá a verla, pero tu…tu guardaras el nombre de la película en tu cabeza como si fuera la clave que abre la caja fuerte donde está el antídoto que salvará la vida de tu madre, buscarás los horarios, juntarás el dinero y en la noche del mismo día comentarás…y si pues, pucha no hay nada en el cine, la de Rambo ya la vi en pirata con mis patas /// Ah, bueno a mi no me gustan tienen demasiada violencia, yo prefiero las películas románticas, pero creo que la tendré que ver sola porque a ustedes no les pareció interesante /// Si pues, si me gane hoy, pero, este…a mi normal ah! o sea yo veo de todo /// ¿En serio?…mmm…pero no creo que te guste, es más mi estilo ji ji ji /// ¿Oe qué? Nada jajaja si quieres vamos a verla…este… ¿te parece mañana a las 3 y media o a las 5? /// Ay que lindo!, bueno vamos a la de 3 y media pues mas temprano es mejor, hay menos gente en el cine y la peli se disfruta más /// Ya bacán, te paso viendo a las 3, así quedamos… Dicho todo eso hablaran un rato más y luego se irán a dormir después de cuarenta minutos de despedidas que no acaban, tu te acostarás incrédulo de poder salir con ella a solas por primera vez y ella lo hará pensando en que pasado ese punto (soplarte una película aburridísima que jamás en tu vida habrías visto de propia iniciativa) ya no tienes salida ni marcha atrás. Así, como si fueras a recibir al Papa, te alistarás desde la una, bien bañado, tu ropa más impresionante (al menos la que tengas limpia), bien peinado y perfumado, perfectamente ataviado para la ocasión. Te sentarás en la sala a ver moverse las manecillas del reloj de pared rogando por que ya sean las tres (espera nomás, son la una y cuarenta). Llegado el momento saldrás raudo en un taxi hasta su casa, tocarás el timbre algo nervioso y ella saldrá por su ventana al tercer llamado para decirte que ya baja, tu como es obvio tendrás cara de baboso porque notarás que ella también se arreglo más que de costumbre, y pensarás que lo hizo por ti. La saludarás con un besito en la mejilla y caminarás a su lado hasta la pista donde como todo un caballero pararás un taxi amarillo (todo legal, todo seguridad) le abrirás la puerta y sin preguntar el precio ni negociar pedirás que te lleve al cine, verás como ella hace el ademán de buscar en su cartera el monedero (como si en esa cosa tan pequeña fuera difícil encontrar algo que ocupa casi la mitad del espacio disponible) y tu la interrumpirás de su dramatización diciendo…señor, tenga, se cobra por favor. /// ay oye, yo iba a pagar, bueno al regreso pago yo ¿si? bien sabe ella que no necesita pagar nada porque para eso estás tu ahí. Lo mismo sucederá en la boletería del cine, tu cual dandy adinerado solicitarás con mucho respeto dos entradas para la función de 3 y media, guardarás el vuelto y le dirás listo, ¿vamos a comprar algo para comer? algo que tu también tendrás que pagar, desde luego. Comprarás la canchita y las bebidas, las cargarás hasta que entren a la sala y se acomoden donde ella elija, efectivamente la sala esta casi vacía a excepción de tres parejas dispersas que quizá ni siquiera sepan de que trata la película y solo estén buscando un lugar para darse de arrumacos con tranquila impunidad, el pensar eso te anima pues te vislumbras en las mismas circunstancias dentro de poco, pobre ingenuo. La película transcurrirá matando tu expectativa de pasar tu brazo por sus hombros, asfixiando tus ganas de besarla cada vez que voltea te mira y te habla muy cerca, dizque para no hablar muy alto y molestar a los demás (bien sabe ella que los demás ni siquiera están mirando la pantalla por andar ocupados en otros asuntos en ese momento, pero como les gusta provocar lo que no planear dar) y así acabará la película dejándote un extraño sabor en la boca, y no precisamente su labial o brillo de preferencia, sino una mezcla de canchita muy salada, gaseosa oscura y resequedad salival por todo el tiempo que tuviste la boca medio abierta esperando ese beso mas esquivo que Osama Bin Laden. Con todo esto lejos de enfriar tus ánimos, sabe bien que te encenderá más, así somos los hombres en general, deseamos mucho más aquello que aun no tenemos y que se nos presenta como todo un reto el obtener aunque sepamos (o absurdamente creamos) que será nuestro de todos modos (es la emoción de la caza), así pues terminada la “cita” ella te despedirá con un tierno y rápido abrazo a una sola mano en la puerta de su casa deseándote buenas noches aunque recién sean las 6 y 15 de la tarde y sepan los dos que por la noche se encontrarán de nuevo en esas largas citas – tertulias virtuales que se extienden hasta la madrugada, todo sea por lucir más lejanas, ergo más tentadoras. Esa desconcertante conducta se repetirá con el mismo o mayor éxito aproximadamente entre 3 y 5 veces más, todas con variaciones mímicas que inteligentemente ella sabrá realizar como el pagar su entrada al menos una vez, o invitar las bebidas también en una ocasión.


Mariposas en el estómago


A donde fuera que vaya siempre escucho decir a la gente que somos seres llamados a la relación, criaturas concebidas bajo estándares predeterminados que nos obligan a convivir con los demás sin excusas ni pretextos que nos liberen de ello, quizá sea porque estudio Derecho (o al menos hago el intento) y eso me lleva a suponer que somos una suerte de entes deambulantes aguardando expectantes al próximo ser con quien nos encontremos. Pero en la praxis del mundo real, más parece que viviéramos aguardando a un ser en especial, un supuesto ser por sobre los otros, un ser que (visto con total sinceridad de cierta forma egoísta) no será compartido colectivamente como el resto del mundo bajo la consigna cívica ciudadana de cohabitantes bajo una causa común, sino que podremos decir de él que será exclusivo para nosotros y recíprocamente nosotros le seremos exclusivos también (eso siempre y cuando no aparezca otro ser más especial que pueda desencadenar que alguna de las partes incurra en una recriminable sacada de vuelta). Diciéndolo de forma cursi pero entendible, a todas luces somos prácticamente como mitades en una cruenta y perpetua búsqueda de nuestro complemento soñado, de aquella persona que completará nuestras frases, que nos entenderá con sólo mirarnos, que sabrá leer nuestro silencio y oír lo que dicen nuestros ojos cansados, que querrá ser lo que necesites (bien sea una maestra, una niñera, una enfermera, una cocinera, una lavandera y requerimientos afines que son los que con mayor frecuencia solicitamos), que estará ahí para nosotros y todas esas cosas que uno dice cuando habla idiotizado idealizando al amor.

Y es que desde que el hombre dejó su flojera e invento algún método de registro gráfico para almacenar sus vivencias, el amor y su búsqueda a través de la conquista de un ser a quien nos pseudo avocaremos siempre ha estado presente. Ya los cavernícolas sufrían (o mejor dicho “las” cavernícolas porque eran ellas quienes recibían el garrotazo en plena testa para luego ser arrastradas en el cortejo nupcial hacía la cueva de turno) de esta patológica condición propia del género humano, que en un afán por rehuir a su soledad se empareja con quién tenga más a la mano y lo atavía con virtudes y cualidades para poder consolarse con la idea de que halló a su media naranja. Esta expresión frutícola se reitera a lo largo de la historia, donde hemos visto como se nos restriegan en la cara mil historias de amor y parejas aparentemente perfectas que se han tornado en íconos universales (más allá de los desenlaces de sus vivencias, que a resultas no importan ya que sólo importa destacar como por un frugal momento tuvieron las agallas, y la suprema ingenuidad en algunos casos, para juntarse el uno al otro) Adán y Eva en su jardín del Edén, María y José como la familia perfecta, Julio Cesar y Cleopatra la primera pareja trágica de la historia, Robin Hood y Lady Marian corriendo por los bosques en ajustadas mallas, Romeo y Julieta brindando con pociones venenosas, Don Juan Tenorio y Doña Inés dándole control a las mujeres, Juana la Loca y Felipe el Hermoso amor, celos y demencia, El príncipe azul y la Natacha sobredimensionada que fue Ceniciente, La Bella y la Bestia del cine infantil a la discreta zoofilia, Jack y Rose en su crucero por el Ártico, Bill y Mónica en su despacho oval, Alejandro y Lady en su palacio contemporáneo parodiando a Kevin Costner y Whitney Houston, y una interminable lista de etcéteras, que están ahí para fungir como recordatorio de que todos tendremos que pasar por la penosa búsqueda de pareja en algún momento, y peor aún…tendremos que pasar por la fogosa y vomitiva experiencia de enamorarnos al menos una vez (la que considero más que suficiente) en nuestras (marcadas para siempre desde que eso suceda) vidas.

Muchos podrían aventurarse a contradecir y hasta condenar (con algo de burla incluida tildando estas palabras como saturadas de puro y duro despecho) lo que afirmo, pero seremos los más quienes levantemos la mano (no, no al ritmo una contagiosa cumbia de moda) y diremos a voz en cuello “yo he sufrido por amor”, es más estoy convencido (y no necesito datos estadísticos para ello) de que absolutamente todos en el mundo, sin excepción alguna, han pasado por las gélidas y punzantes sendas del aniquilamiento emocional por haberse enamorado. Y es que vamos!, es tan jodido como una patada a nuestra sensible zona inguinal con una bota de minero, pero lamentablemente el pícaro y perverso Cupído pareciera haber reemplazado su arco y flecha por un fusil ametralladora AK 47 del tipo Kalashnikov, que dispara a diestra y siniestra sin el más mínimo cuidado. Por ello, personalmente ya no creo en la absurda imagen de un rollizo y rosado infante en pañal y alitas de querubín, para mi es anciano cliché es en suma engañoso (como el mismísimo amor lo es) pues yo lo veo más como una suerte de psicópata - sociópata resentido con el mundo, fuertemente armado, usando botas militares, pantalones camuflados sucios y raídos, el torso desnudo tatuado y lleno de cortes y cicatrices, una barba sin afeitar de 5 días, mirada de adicto en pleno vuelo, rapado, siempre masticando tabaco y adoctrinado en las canteras de algún culto oscuro extremista que busca el exterminio de la raza humana; sí, definitivamente esa debe ser la apariencia más próxima a la real del infame Cupído.Toda esa reflexión siempre me ha llevado a sostener que el amor no es para mi, en serio, a no ser que tengas desviaciones masoquistas, no le encontraría razón ni lógica a ir por el mundo con la esperanza de enamorarte de alguien, sabiendo que lo más probable es que te rompan (saquen, partan, pateen, destruyan, maten, aniquilen, etc., etc.) el corazón con todo y arteria aorta, vena cava y colesterol malo acumulado en tu pobre músculo cardiaco. Es prácticamente un suicido, o cardiocídio si se prefiere, cuyas consecuencias tienden a no desaparecer en largo tiempo, donde estaremos oprimidos (y deprimidos más que todo), arrastrando una ominosa cadena, condenados a una cruel incertidumbre, largo tiempo en silencio gemiremos sin la esperanza de oír algún grito sagrado que nos lleve a la costa de la libertad, y es que la indolencia de aquella de quien somos esclavos nos sacude, y ciertamente no podemos decir que somos libres; esto es una verdad universal, si hasta Don Pepe de la Torre Ugarte lo escribió sutilmente entre las líneas de la canción más popular e interpretada de nuestro republicano país, ¿quién pues para contradecirlo?.

De ahí que no entienda, y jamás entenderé, esa fantasiosa (en verdad flagrantemente mentirosa) expresión “el amor te hace sentir mariposas en el estómago”. Como diría el señor Bayly, “¡por Dios, Jime!; tamaña mentira que nos inculcan arbitrariamente desde pequeños y que crecemos creyendo ciegamente, así a rajatabla, sólo para darnos un sopapo de narices al conocer la no tan almibarada realidad de la milanesa (o bueno, del pastel, para guardar algo de relación culinaria). Todos crecemos enceguecidos confiando fielmente en que el amor nos llenará de sensaciones incomprensiblemente plácidas, gratificantes, revitalizantes, que nos harán desbordar alegría por los poros como si de sudor en pleno verano se tratara y nos tendrá con una sonrisa de lo más babosa todo el día, esto ya suena casi como la descripción de algún alucinógeno potentísimo de efecto prolongado, socialmente aceptado y para colmo de males legalizado universalmente. Todo ello partiendo de esa extraña sensación de cosquilleo, hormigueo y/o revoloteo que atribuimos pánfilamente (y nunca mejor utilizado este término pero para no dilatar más el tema pueden comprobarlo y de paso ampliar su bagaje cultural en este enlace http://es.wikipedia.org/wiki/Pamphilus_de_amore) a unos diminutos lepidópteros que surgen como invocaciones no solicitas en nuestra cavidad gástrica, que a razón de algunos pseudos entendidos en materia amatoria es producto de aquel nerviosismo tímido por estar frente a ese alguien que nos pondrá de cabeza el mundo (otra de las tantas expresiones ambivalentes pues realmente nos pondrá de cabeza el mundo, pero créanme, para nada bueno) con su sola sonrisa (o dándosela a otro en nuestras narices), una reacción psico - fisiológica traducida en la aceleración del ritmo cardiaco, lo que generará que los tonos rosas de la piel (atendiendo a las variaciones de melanina, claro está) se disparen como cohetones en año nuevo hasta parecer tomates orgánicos bañados en ketchup, que la respiración se nos acelere hasta convertirse en un jadeo perruno como si acabáramos de terminar la maratón de Nueva York, ambos elementos subirán en mucho la temperatura de tu cuerpo y el sudor hará su aparición estelar aunque la sensación térmica esté por debajo de los 5 grados Celsius sobre todo en tus manos, cuello, frente, axilas, pecho y espalda; la lengua se te resistirá a los mandatos de tu hemisferio cerebral izquierdo y lejos de derrochar elocuencia parecerás un tartamudo que intenta comunicarse en alemán, te aparecerán temblores, intermitentes en el mejor de los casos, y parecerás un paciente en pleno tratamiento rehabilitatorio de su parkinson avanzado, toda esta sintomatología te producirá un efecto de mareo que se traducirá en la sensación de vacío en el estómago seguido de las náuseas de rigor, que oprimirán tu pobre saco estomacal como si fuera plastilina en las manos de un niño de pre-escolar. Y resulta hasta gracioso (al menos para mi sí) como con el organismo tan maltrecho y tu imagen traída a los suelos ante tus amigos en cuestión de segundos, tu aseguras sentirte mejor de lo que te has sentido en toda tu vida (si eso es realmente así no quisiera imaginarme como has vivido hasta ese momento), pues pasados ya los efectos de haberte encontrado con aquella que te produce un colapso en el funcionamiento regular de tu estructura bio-orgánica (lo que coloquialmente mal llamamos mariposas en el estomago), una vez reestablecidas tus funciones y tu lucidez habitual, inmediatamente extrañas esa insana sensación y contra todo sentido común empiezas a atribuirle grados de placer propios la mítica ingesta de la Ambrosía. Aunque ha sido un desbarajuste tremendo, semejante a haber comido ceviche de malaguas con harto rocoto bien maduro, para ti fue aquella experiencia religiosa a la que le cantaba hace tiempo Kike Iglesias.

A todo esto yo me pregunto ¿No será quizá que toda esa reacción de nuestro cuerpo, lejos de ser la hipérbole de la emoción ante la cercanía de quien nos roba el sueño (sí, porque el insomnio también viene incluido entre los síntomas de esta patología crónica) sea una advertencia, un aviso de alerta para prevenirnos de que el “amor” (con todas sus nefastas consecuencias) se aproxima más de lo que quisiéramos? ¿No serán quizá esas mariposas en el estómago en realidad nuestro natural sistema de defensa contra la enfermedad de las babas caídas y las miradas de animales cruelmente degollados? ¿No habremos interpretado mal todos estos años las señales de nuestro organismo y nos habremos lanzado a la perdición de enlazarnos con otro que sólo nos traerá desventuras? Francamente creo que sí, sí a todo, nos hemos dejado manipular sin detenernos a pensar por siquiera un segundo que apelando al sentido común (que como bien dicen es el menos común de los sentidos) cuando algo nos produce un mal y desordenado funcionamiento de nuestro cuerpo, sensaciones anormales de corte desagradable y que a la larga nos ocasionará un dolor que trascienda los límites de la materia para atacar nuestro mundo interior, es porque es algo negativo ¿No creen?

¿De dónde salió entonces eso de pensar que es algo bueno, bonito y la sensación más sublime de nuestras vidas (de sublime nada, para sublime el chocolate)? No tengo ni la más remota idea, a decir verdad pese a haber oído y leído en incontables ocasiones eso de las mariposas en el estomago nunca me puse a indagar de donde surgió tan retorcida e inexacta metáfora, por motivo de estas reflexiones me propuse averiguarlo para darme un respaldo ya sea científico, antropológico, filosófico o lo que fuera, pero nada, absolutamente nada, en toda la red no existe nada concreto respecto al nacimiento de esta frasecilla sólo una incontable tropa de personas que la han perpetuado en taimadas redacciones sobre el amor, la vida, los besitos, los corazones y mil y un historias de lo más dulzonas que ya resultan vomitivas por lo diabéticamente empalagosas. Entonces me aventuraré a divagar sobre su origen, quizá sea porque con tanta gente sufrida de amores en el mundo, el negocio del romanticismo siempre venderá bien, pues para que negarlo todos en alguna circunstancia hemos deseado (secreta o abiertamente dependiendo de lo superados que seamos) una historia de amor como esas que nos intentan vender los literatos y en tiempos más modernos los guionistas Hollywoodenses; sea en un momento de debilidad o no, el punto es que por ser precisamente utopías, imposibles o cuasi milagros de lo felices que pintan sus finales nos atrapan la imaginación, resultando el paliativo supremo a una realidad amorosa netamente opuesta. Viendo esto los románticos (convenidos y/o aprovechados) de ayer creyeron necesitar un gancho para que la gente percibiera al enamoramiento justamente como lo mejor que les podría pasar, más allá de que nuestro propio cuerpo en pos de defendernos nos intentara informar de lo contrario, y así camuflaron a toda nuestra inconsciente (y por su culpa inútil) acción auto salvífica como el preámbulo del real – maravilloso cuento de hadas (mosquitos con gigantismo en realidad) que se nos vendrá encima cual derrumbe. Otra posibilidad es que el autor primigenio de esta injustamente lisonjera frase no haya querido dar a entender algo positivo, sino todo lo contrario, quizá lo dijo con todo su desagradable sentido substancial. A ver, ¿Alguna vez alguien ha sentido literalmente volar mariposas en su estómago? ¡Por favor! Debe ser de lo más asqueroso y repugnante. Imagínense por un segundo (o recuerden si ya les ha pasado) lo que se siente que se te meta un zancudo, mosca, mosquito, mariquita o algún tipo similar de insecto (nótese que de hablo bichitos pequeños, apenas visibles) en la cavidad oral mientras hablan. ¿Bien? Incomodísimo verdad, y si se pasa a nuestra garganta más aun, nos ahogamos, nos morimos del asco de tener un bicho dentro de nosotros y nos desesperamos por lograr que salga, total, sabemos que un bicho, por más chiquito que sea, dentro de nosotros puede repercutir de forma plenamente negativa en nuestra salud. Ahora, continuemos jugando a imaginar y visualicemos cuanto más asqueroso resultaría que ese bichito se nos fuera por el esófago hasta nuestro estómago, aunque bien sepamos que el atrevido o despistado insecto morirá carbonizado por nuestros jugos gástricos no podemos reprimir la nauseabunda sensación de que estamos a un segundo de enfermarnos por tener una bomba bacteriológica digiriéndose con nuestros alimentos; y todo esto sólo por haber albergado un minúsculo insecto, uno solamente. Imaginen ahora lo que sería tragarse mínimamente 10 mariposas y sentirlas vivas revoloteando y aleteando dentro de nosotros, rozando con sus patas como alambres nuestras paredes estomacales, quedándose pegadas de las alas en nuestro tracto digestivo superior en su intento por escapar (porque como todo ser vivo que ha sido capturado por un potencial depredador hará lo que sea por salirse de sus entrañas), soltando ese polvillo que recubre su cuerpo y alas por doquier y tornándose una plasta viscosa mientras van siendo lentamente digeridas, para luego dejar repleto nuestro sistema digestivo de todo tipo de bacterias perjudiciales, y cuando llegue el momento de acudir ante el llamado de la naturaleza (léase como ir a tomar asiento en el trono) la sola idea de estar expulsando criaturas que entraron vivas a nuestro cuerpo y a las que sentimos y seguimos en su calvario hasta su horrenda muerte nos podría generar cierto estado de ansiedad y definitivamente mucho más asco. Un cuadro digno de una película de terror o del mejor exponente de cine gore, realmente es desagradable a cabalidad, por no decir (que ya resulta predecible u obvio) que podríamos terminar con cólicos, indigestión, cuadros de diarrea, y un temporal rechazo a comer. Eso amigos míos sería sentir o tener mariposas en el estómago y es más que probable que quien lo dijo a sus oyentes ocasionales haya pretendido dar a entender un estado de malestar superlativo comparando al enamorarse con una enfermedad gastrointestinal producida por andar comiendo bichos en el campo, nunca mejor graficado; pero como es de esperarse las mentes frágiles que lo escucharon quizá hayan malinterpretado su veraz explicación, que no pretendió ser metafórica sino que al contrario buscaba ser lo más explícita posible, atribuyéndole una significancia poética opuesta a su real intención, propagándose así como una expresión popular que intentaría hacer lucir algo sumamente desagradable como si fuera estupendo, valiéndose para ello, paradójicamente, de una comparación nada dulce. Y por alguna razón estoy convencido de que el autor de tan elocuente comparación al ver malentendida y distorsionada su explicación habría ido al parque de su pueblo a engullir mariposas compulsivamente para demostrar lo que quiso decir en realidad, muriendo a los pocos días de una infección estomacal, perdiéndose con él toda posibilidad de que la verdad tras sus palabras conozcan la luz pública.

¿Quien podría saber a ciencia cierta como nació esa enigmática frase? Sólo nos queda barajar posibles explicaciones, pero eso sí, lo que resulta irrefutable es que esta expresión que ha calado tan hondo en el ideario popular nunca dejará de ser utilizada por los románticos de turno, los galancetes que van tras chiquillas impresionables, los enamorados que buscan una manera de definir sus confusos sentimientos, las niñas fresa que acostumbran hablar usando clichés en todo momento y por cuanto peatón del mundo que la encuentre valida para darse a entender. Por suerte para mi, no sólo hago caso a las advertencias que me da mi propio cuerpo, sino que además tengo una dieta muy estricta de verduras, carne que yo mismo preparo y batidos, así que creo (y sinceramente espero) estar a salvo de sentir alguna vez las dichosas mariposas en mi estómago…a lo mucho creo que podré sentir, tal como sentí anoche, una indigestión por haber bebido jugo de naranja demasiado frío antes de dormir.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Te culpo a ti


Música recomendada para ambientar la lectura de este post.


Si muero de cáncer te culpo a ti. Esas fueron las brillantes palabras que le dije a una brisa altiva que intento apagar el cerillo que pretendía darle vida a mi cigarrillo. No hubo respuesta. Era de esperarse, si no estás aquí. No estás para echarme los repetitivos sermones sobre lo dañino que es el cigarro. No estás para advertirme como el cigarro puede causarme cáncer como a tu madre. No estás aquí para amenazarme con irte y dejarme ahí parado si se me ocurría acercar aquel bastoncillo humeante a mi boca. No sé si lo decías entonces por una franca preocupación o era sencillamente otra forma de minimizarme y hacerme creer que la razón y tu eran íntimas amigas. Total, el nuevo amor de tu vida fuma más que yo y te recreas empañando tu mirada con el humo que exhala, sin atreverte a recriminárselo. Y ahora que lo pienso…si muere de cáncer debería culparte a ti. Por fin encendí mi cigarrillo.

Los adoquines de la avenida fluyen debajo de mis zapatillas. Me siento como un Hansel sin Gretel, dejando un rastro de migajas vaporosas para que la ansiedad pueda rastrearme. Oigo magnificados los sonidos de la calle. Escucho el crujido incinerante del tabaco seco mientras arde. Escucho el golpe de la suela de mi calzado como los tambores que marcaban el ritmo de los remeros en las galeras. Escucho el roce ocasional de la tela de mis jeans cuando esculpo un paso errático. Escucho mis latidos como si tuviera el corazón detrás de los ojos. Escucho al oxígeno asfixiado de alquitrán inflando mis pulmones. Escucho murmullos y voces aunque esta calle está vacía. Escucho como se arruga el cielo segundos antes de venirse abajo. Escucho como irrumpen en el aire diminutas gotas. Escucho como estallan en mi cabello. Escucho como estallan en mi cara. Escucho como de repente todo vuelve a quedar en silencio. ¿Y sabes? Te culpo a ti.

Defectos y desventajas de las pequeñas comarcas. Defectos y desventajas de no tener nuevas rutas. Defectos y desventajas de acostumbrarme a las mismas. De eso también te culpo a ti.

Te veo ahí, lo veo ahí. Los veo desafiando a la física y ocupando dos cuerpos el mismo lugar en el espacio. Los veo, pero mi orgullo me solicita continuar mi camino. Quizá el morbo de saber qué haces con él me aferra a la esquina que por los próximos minutos llamaré refugio. Jamás conmigo tus brazos se fundieron en mi espalda. Mucho menos si los ojos en la escena excedían los dos pares. En la decoración de su ósculo se pierde la cuenta de miradas que los acompañan. No parece importarte, a él de seguro le es irrelevante. Casi no reconozco esa parte de tu personalidad, posiblemente porque la supiste disimular a la perfección conmigo. Porque la calzaste en un impostado recato y pudor de colegio religioso que nunca terminé de creer, pero opté por tomar como cierto. Como el eco que precede a la campanada tus pretextos tan insustentables me rondan mientras yo los rondo sin así haberlo previsto. Yo no soy así, yo no puedo demostrar amor en público, mucho menos a mi pareja… ¿Qué secreto habrá descifrado él para hacerte retroceder en 7 días, de la postura que me impusiste durante 4 años? Al fin se separan, se miran con la idiotez aflorando de sus ojos, se toman de las manos y se alejan sin siquiera haber notado que yo, que yo note más de lo que hubiera querido. Decido ir contra su corriente y alejarme de la esquina que no llegué a llamar refugio. Mi estadía improvisada le permitió a la ansiedad darme alcance. No vino sola, los demonios que pretendí dejar rezagados la han acompañado. De eso también te culpo a ti.

Entro muy mal acompañado a mi cuarto. Me recuesto boca abajo y siento el peso de los invitados indeseados sobre mi espalda. Me giro intentando respirar mejor. Arriba, en el techo empapelado de imágenes de castillos y paisajes de la distante Alemania, se asoman algunas estrellas que creí haber quitado. Tú también me has seguido hasta aquí. Miento. No has sido tú. No se en realidad quien eres. Siempre fuiste dos conmigo, y tres, cuatro o cinco si cuento a todas las que has sido incluida la de esta noche. Alguna de ellas que fuiste/eres/pretendes ser me ha seguido. Lo siento, lo percibo en lo viciado del aire. ¿Has venido a recordarme la cataclísmica historia que escribiste a base de inseguridades asolapadas? O ¿Simplemente vienes a hacer acto de presencia para ratificar la falsedad que campeó en tus caricias? Ambas quizá. Siempre has sido efectiva, no es la excepción. Me agreden mentalmente las situaciones que empiezo a evocar. Peleas, discusiones, enfados, enfrentamientos, insultos, agresiones, mentiras, hipocresías. Todo aquello que pese a los intentos jamás logramos evitar.

Hoy descubro lo que tú misma aceptaste hace varias noches. Concuerdo contigo y te culpo a ti. Te culpo a ti por todo ello. Por no haber tratado de verdad, por haberte mostrado falsa y a la defensiva de mis intentos. Por no serte sincera y admitir que desconocías la naturaleza de lo que albergabas por mí. Por usarme como un paliativo a la incertidumbre que te rodeaba. Por invitarme a largarme cuando se apareció el primero que te guiñó un posibilidad. Por ser con él todo lo que nunca fuiste conmigo. Por querer serlo, aunque a mí me hubieras dicho que no podrías, que no te lo pidiera. Por decidir sin consenso que una semana era el tiempo suficiente para cambiar al protagonista de tus te amo. Por exhibir una mueca aporcelanada ante cada espectador. Por convertirme en la esposa de Lot para que no piense en mirar atrás. Por deshacer promesas y juramentos fundados en insípidos soliloquios. Por clavarme en la piel no tus uñas, sino rabia. Por darme tanto en que pensar, cuando tanto venía ya sintiendo. Por enorgullecerte abiertamente de avergonzarte de lo decías sentir por mí. Te culpo a ti por 4 años haciéndome sentir el culpable. Te culpo a ti por todo cuanto pueda culparte. Y me culpo a mí por haber permitido que tantas culpas germinen, sin haberme apartado antes, dando un paso adelante.

¿Sabes? Te culpo a ti.

martes, 9 de septiembre de 2008

Azul



Música recomendada para acompañar la lectura de este post.

¿Alguna vez te has sentido tan solo como para pensar que ni siquiera tú estás contigo?... No supe que responderte, tu pregunta me tomó por sorpresa dejándome a merced de respuestas inapropiadas que te sonarían tan falsas como aquellas palabras que sé, te hacen preguntarme esto. Tu mirada no se apartaba de mí, como rogándome por una respuesta, pareces tan indefensa cuando me miras así, me desarmas por completo, y no me gusta quedar desarmado ante la artillería de tu mirada tan azul. Err…no se, creo, quizá alguna vez… ¿pucha sabes? Nunca me he puesto a pensar en ello… Creo que esperabas algo más de mi respuesta, no, no esperabas algo más de mi respuesta, esperabas algo más de mí. Te has acostumbrado a que yo siempre tenga en la boca justamente aquello que a ti te hace falta, consejo, broma, canción, insulto, reflexión, cariño, sonrisa, puchero, mueca…pero nunca has necesitado de mi boca aquello que más quería darte.Mmm…bueno… Y volviste a mirar al frente con la fisura de la decepción marcándose a los lados de tus ojos. Habría preferido que me reclamaras por mi falta de elocuencia, que me increparas mi respuesta tan bochornosa, que me criticaras por ser tampoco profundo, incluso habría preferido que te enojaras conmigo como solías hacer llenando tus mejillas de ese rubor pasajero que te luce tan bien; hubiera preferido cualquier cosa, antes que aquel mmm…bueno… Y esa fisura de la decepción marcándose a los lados de tus ojos. Conozco esa respuesta, conozco cuando la usas, conozco por qué la usas, sólo la habías usado conmigo cuando recién nos estábamos conociendo, cuando yo era un desconocido que intentaba en vano acercarse a tu mundo. Desde hace 4 años no la habías usado de nuevo para responder a algo que te acababa de decir, pero cuantas veces te he oído usarla para silenciar una conversación con él. No se como sentirme, bueno, en realidad si lo sé, porque me estoy sintiendo fatal. Alucina que pensándolo bien creo entender a lo que te refieres… No lo digo sólo por decir algo y salvar este silencio tan incómodo, es verdad, si entiendo lo que sientes, pero no puedo decirte cuando lo he sentido. Vuelvo a captar la atención de la artillería de tu mirada tan azul, la fisura de la decepción se disipa mientras entrecierras tan dulcemente tu ojo izquierdo y aprietas tus labios sonrosados hasta formar una sonrisa. Ay… Y sonriendo aun meneas despacio tu cabecita tan llena de ideas que ojala nunca hubieras tenido, antes de dejarla caer como una pluma sobre mi hombro, mientras que con el fuerte viento de esta ciudad tu cabello se permite jugar en mi rostro, me hace cosquillas, pero no sonrió por eso.Mi brazo ya ha había reposado rodeando tus hombros, mi mano derecha ya había intentado confortarte recorriendo con tierna parsimonia la suave piel de tu brazo derecho, mi mejilla ya había acariciado tu cabello muchas veces antes, y de cuando en cuando mis labios ya habían dejado que los sintieras en la frente. Nada de esto es nuevo, aparentemente, pero lo sigo sintiendo como lo he sentido siempre, como si fuera aquella primera vez que me dejaste hacer todo eso, mientras llorando abrías tu corazón lastimado con este desconocido que intentaba en vano acercarse a tu mundo. Gracias…Y escondes tu cara contra mi hombro, sé bien por qué lo haces, sólo pasan unos segundos para que comience a sentir como pequeñas gotitas tibias atraviesan el algodón de mi polo y llegan hasta mi. Dejas caer sólo unas cuantas y vuelves a levantar tu rostro, con la artillería de tu mirada tan azul apuntando hacia el frente, pero aun abandonada al abrazo de este desconocido que intento no en vano acercarse a tu mundo. ¿Qué hora es?... No traje reloj esta tarde, salí apurado en cuanto leí tu mensaje, ¿mensaje? ¡Mensaje! ¡El celular! Siempre tan útil. Las 6 y cuarto… El tiempo ha pasado por nuestro lado tan rápido como de costumbre cuando estamos juntos, te levantas apoyándote en mi rodilla con excesiva fuerza, y ni te imaginas cuanto me ha encantado siempre esa costumbre tuya, limpias tus jeans con las manos, los acomodas y cierras al tope tu casaca. Apúrate ocioso… Y me tiendes una mano para que me levante más aprisa, sólo atino a mirarte y sonreír embobado con todo mi disimulo, tomo tu mano y dejo que ayudes a pararme. Repito el mismo ritual de improvisado acicalamiento de mis prendas, y sin más que hacer en estas escaleras te sigo a donde parece que tienes que ir, lo sabes, te seguiría a cualquier parte.Caminamos fuera de la universidad, desde las escaleras no has dicho nada, yo tampoco me he atrevido a romper tu silencio. Llegamos a la pista y me apresto a parar un taxi, pero me dices que quieres caminar un poco más. ¿En serio? Pero si quieres caminar mejor entremos de nuevo a la U, podemos dar vueltas, o subir hasta el mirador del nuevo edificio y bajar, y subir y baj... Pero interrumpes mi intento de propuesta, pareces tener otros planes o simplemente no tener ninguno, pero no pretendes seguir el mío. ¿Me acompañas al centro por fis?... No me negaría jamás, lo sabes, sabes que así me lo pidieras de la forma mas ruda y grosera te diría que sí. ¡Pucha! ¿Hasta allá? No te pases pes, ya, ya, ya, nomás después acuérdate ah… Formalidades propias de mi actuación, tu comprenderás, quizá no. Creí que caminaríamos conversando, pero vas calladita como casi toda la tarde, de pronto cruzas tu brazo con el mío y lo sujetas con fuerza, intuyo que sientes frío, quisiera haber traído una chompa, una casaca, un sayo, qué se yo, algo que pudiera prestarte para que te arropes, la verdad no, ojala te hubieras puesto ese polo turquesa de tiritas que me encanta, así no sólo tomarías mi brazo, me abrazarías y tendrías que dejar que te abrace. Llegamos a una de esas esquinas con sus típicas jardineras, avanzamos hacia la pista y te me pegas más, no lo entiendo hasta que veo a un muchacho, posiblemente de nuestra edad, entiendo por qué te has asustado, su aspecto asusta, tiene la mirada perdida, un polo negro, los puños cerrados y no mueve ni un músculo. Lo rodeamos, yo no lo miro demasiado, algo en él me causa cierta pena, no se qué es, tu por el contrario le has clavado la mirada de pies a cabeza. Me pareció o estaba todo sudado, pucha que asco… Se que lo dices en serio, siempre has sido muy susceptible a ese tipo de cosas, tu estómago se impresiona con facilidad y te dan ataques de nausea, creo que sólo a mi me has contado eso, no te gusta la idea que los demás lo sepan aunque no tenga nada de malo. Avanzamos y las luces de los postes empiezan a prenderse de naranja, aparecen los anuncios de neón en algunas tiendas, las gigantografías iluminadas en otras, los carteles luminosos se encienden en las más grandes, y desde tus últimas palabras ya pasaron 6 cuadras. Entras a una tienda y cuando voy a entrar a tu paso sueltas mi brazo, me basta para entender que quieres entrar sola. ¿Me esperas un ratito sip? No me demoro nadita, de veras… Y te pierdes dentro de las vitrinas, mientras yo me quedo como un alfil parado frente a la puerta, tarda todo lo que te dé la gana pequeña, que yo aprendí a esperarte hace mucho, y te esperaré aun todo lo que haga falta.Tardas 6 minutos y sales con un cofrecito metálico, es de esos que al abrirlos tocan una melodía clásica, todo plateado excepto por los bordes donde se abre que son dorados. ¿Y eso? ¿Tienes algún cumpleaños o algo así?... Te limitas a sonreír, aunque con tu sonrisa no requiero más respuestas, te imito y no insisto con la pregunta. Llegamos a la plaza principal, para variar llena de gente de toda la ciudad, hay mucha, demasiada, deben salir de misa, supongo. Volteamos a la derecho por la calle de los bancos, tu con tu cajita en las manos, como si dentro hubiera algo muy valioso para ti, yo caminado a tu lado, caminado junto a lo más valioso que tengo en este momento. Habla ¿Un helado?... Que pregunta tan torpe, con tal de prolongar el tiempo que puedo estar junto a ti incurro en la propuesta más zafada e inapropiada con el clima y la estación. Okis… Y no lo puedo creer aun, hasta hace 6 días no podías ni respirar por la gripe, y me aceptaste un helado, siempre fuiste muy tierna conmigo, aun cuando eras tu quien necesitaba que lo fueran contigo. Nos sentamos en una de las mesas del segundo piso, tú pediste un helado de chocolate, yo de manjarblanco, ninguno tenia hambre en realidad, pero era sólo un pretexto para raptar el tiempo a nuestro alrededor. Siempre que comes ensucias las comisuras de tus labios, y a mi me encanta estar ahí para señalarte donde pasar la servilleta, aunque al final la termines pasando por toda tu boca. ¿Qué horas es?... Se resquebraja el momento y la realidad me despabila, miro el celular una vez más y te informo que es lo suficientemente temprano como para llegar apenas tarde a tu casa. Nos levantamos sin hacer mucho ruido, yo me encargo de la cuenta y tu de agradecerme por el gesto, salimos de regreso al viento frió de estación, y los helados dejan de parecer una buena idea. Subimos a un taxi que tu misma detienes, parece que ya caminaste lo suficiente, subimos en el asiento de atrás, y con el fondo musical de una cumbia de esas de moda, me atrevo a sostener la mirada en tus facciones que me fascinan, cuando la artillería de tu mirada tan azul se gira para apuntarme, bajo la mirada a tu cajita/cofrecito y finjo haber estado mirándolo todo el tiempo. Es una tontería que quería comprar hace tiempo, alucina que la vi y me enamoré de esta cajita… Entiendo lo que quieres decir, lo comprendo perfectamente.Llegamos a la puerta de tu casa, esta vez tu pagas el taxi y yo te lo agradezco. Estas loco, no te iba a dejar pagar pues, hoy te has portado super lindo conmigo… de veritas… Sosteniendo tu cajita/cofrecito con una mano te permites abrazarte con la que te queda libre, me aprietas fuerte y yo me limito a acariciar con timidez tu espalda. Tocas el timbre y se oye la voz de tu hermana, me sonríes quizá por última vez en la noche y te vuelves a mirar tu puerta, yo me quedo mirándote a ti, tentado por millonésima vez a confesarte la mayor mentira que vengo arrastrando desde que te conozco. La puerta se abre, y te giras de nuevo hacia mi para despedirte una vez más, la definitiva, me equivoqué, aun me tenías una sonrisa final escondida como sorpresa. Gracias, en serio… Y comienzas a entrar a tu casa, atravesando la puerta tras la que te guareces del mundo, yo me quedo esperando en tu puerta hasta que estés a salvo en tu alcoba, como un alfil. De pronto recuerdo que había olvidado algo, coloco mi mano entre la puerta y su marco, te percatas de sobra, no fui muy elegante en el movimiento, pero al menos me regalas otra sonrisa. Me miras aun con esa sonrisa como esperando que te diga aquello que aparentemente no pudo esperar hasta la próxima vez que nos veamos. Sólo quería decirte que tu nunca estarás sola, yo estaré contigo, como hoy, siempre… La artillería de tu mirada tan azul se rinde por un momento, y sin perder su sonrisa tus ojos se humedecen, es la sonrisa más bonita que te he visto en todo el día. Muchas gracias… Te despides y cierras esa puerta tras de ti, oigo sus cerraduras accionarse, y veo como se apaga la luz del recibidor, pero por alguna razón sé que sigues de pie ahí, cuando deberías estar en la seguridad de tu alcoba, pequeña… ¿Sabes? Creo que me he acostumbrado a que siempre tengas en la boca justamente aquello que a mi hace falta, un consejo, una broma, una canción, un insulto, una reflexión, un cariño, un sonrisa, un puchero, una mueca… Sí, pero nunca has necesitado de mi boca aquello que más he querido darte.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Tenvidio



Música recomendada para acompañar la lectura de este post.


Hoy salí temprano de mi casa, caminé cerca de 4 cuadras, calculo no haber tardado apenas un poco más de 6 minutos en este trayecto. Llegué a esa inmutable esquina de la jardinera firmada por la mano de algún grafitero, de su pasto casi seco y su ficus pequeño a la fuerza de tanto ser utilizado como letrina. Me quedé inmóvil, me quedé estático, me quedé y me quedé…me seguí quedando. Mis ojos amoratados y abandonados de sus órbitas en oposición a la estupefacción de mi cuerpo parecían recorrer de un lado a otro de la pista, de extremo a extremo tu cuadra, de arriba para abajo tu casa. No se qué estaba buscando, no era a ti; no se qué necesitaba buscar, eso quizá si eras tú.
Tardé apenas un poco más de 6 minutos en el trayecto que me trajo a ésta inmutable esquina de la jardinera firmada por la mano de algún grafitero, de su pasto casi seco y su ficus pequeño a la fuerza de tanto ser utilizado como letrina. Tardé apenas un poco más de 6 minutos en abandonar la seguridad de mi mundo para sumergirme de nuevo en este ignoto océano de tu incertidumbre, sin bote ni flotador. Sigo estando estático, me sigo quedando. Fueron apenas un poco más de 6 minutos en llegar aquí, y llevo aquí casi una hora que ha pasado más rápido que esos escasos aproximados 6 minutos. Cuando llegué no sentía este viento, no lograba sentir el frío que ha llenado la ciudad de a pocos, no sentí cansancio por caminar, no sentí la agitación de haber casi trotado por momentos…ha pasado casi una hora que ha pasado más rápido que esos escasos aproximados 6 minutos, ya no tendría sentido estar cansado, menos sentido tendría sentirme agitado, he estado inmóvil por casi una hora. Pero no es así, mi respiración está tan agitada que siento cada bocanada de aire ingresar con violencia en mis pulmones, lo siento con tal fuerza que incluso llego a percibir como el aire se estrella contra mis alvéolos como olas rompiendo en la costa. Siento mis pulmones hincharse como globos, los siento intentar taladrar mi pecho como buscando la libertad de un mundo donde no son más que vísceras. Estoy empapado en sudor, siempre he sudado mucho, hoy no tendría que ser la excepción, pero mis manos formando sendos puños gotean por entre mis palmas y mis meñiques, hay pequeñas gotas suicidas estrelladas contra el pavimento a cada lado de mi cuerpo. Mi sempiterno polo negro es el perfecto cómplice para ocultar que lo llevo casi empapado. Mi frente, mejillas y cuello están invadidos de pequeñas pero infinitas gotas desbordando de cada uno de mis poros. Estoy agitado, estoy cansado. Y congelándome hasta en el alma.
Son 94 minutos y 34…35…36…37…segundos en esta misma posición, en esta misma situación. La gente pasa evitándome, rodean esta inmutable esquina de la jardinera firmada por la mano de algún grafitero, de su pasto casi seco y su ficus pequeño a la fuerza de tanto ser utilizado como letrina. Otros cruzan a la acera de enfrente. Casi ninguno de ellos me mira, pero unos cuantos movidos por la mórbida curiosidad que les despierto fijan sus pupilas en cada centímetro de mi persona, auscultándome con un gesto de repulsión y desaprobación por invadir su rutinaria procesión citadina. Nada de eso me interesa, bueno…en realidad si…quisiera moverme, gobernar mis pasos otra vez y alejarme rápidamente, esconderme de nuevo en la seguridad de mi mundo. Pero no puedo, estoy inmóvil, me he quedado estático…me he seguido quedando. Las primeras luces de la calle empiezan a hacer su aparición, irrumpen en los tonos grises de una tarde nublada y ventosa con su naranja artificial, artificial como todo lo demás, hasta los sentimientos. El frío empieza a hacer mella en mi, comienzo a temblar como los cables que me miran desde ahí arriba cuando los mueve el mismo helado viento que me mueve a mi, a los dos nos mueve sin quererlo, sin que podamos hacer algo para impedírselo. Dejo de oír a los autos y sus viejos motores, bocinas estrepitosas, estaciones radiales populares y conductores verbi agresivos y ordinarios. Otro sonido se agazapa sigilosamente en mi canal auditivo, es un chasquido seco, constante y veloz, como si 32 piezas óseas esmaltadas muy pequeñas colisionaran unas contra otras dentro de una bóveda que les hace eco… Le hace el coro a esa cadencia de percusión un rugido decadente clamando por el dolor del hambre auto impuesta. Quizá sean 25º grados allá afuera, aquí dentro debe estar bajo cero. Aún así el sudor no ha frenado su salida de mi cuerpo. Quizá, como todos, trata de alejarse de mí, de abandonarme, de ponerse a buen recaudo de toda la inmundicia que emana mi persona…lo comprendo.
La calle es una mezcla de negro y naranja reflejado en el pavimento, aceras, paredes y ventanas…La cantidad de personas que apresuraban su paso para evadirme en inmutable esquina de la jardinera firmada por la mano de algún grafitero, de su pasto casi seco y su ficus pequeño a la fuerza de tanto ser utilizado como letrina, ha disminuido, y con esta luz quizá ni se percaten bien de mi aspecto. Son 148 minutos y 12…13…14…15…16 segundos…los estragos en mi cuerpos dejaron de ser leves, me duelen los tobillos, las rodillas, la espalda, el estómago, el pecho, los hombros, las manos, la cabeza y sobre todo aquel espacio vacío entrando a mano izquierda por mi pecho. Mis ojos ya se cansaron de moverse por todo lo que mi cuerpo no lo ha hecho, ya no te buscan, ya no parecen recorrer de un lado a otro de la pista, de extremo a extremo tu cuadra, de arriba para abajo tu casa. Están fijos en el dintel de tu puerta, tratando de ver más allá del marrón oscuro y sin manija de tu puerta, tratando de verte quizá intentar verme en las pupilas cerradas de tus recuerdos. Pero no veo nada, nada más allá del marrón oscuro y sin manija de tu puerta. La respiración se me quiebra, mis ojos se paralizan, mis puños cerrados ahora marcan mis uñas en mis palmas emblanquecidas. Mis piernas como autómatas adheridas a mi torso se mueven trastabillando hacia atrás, doy dos pasos en franca reversa y mi cuerpo hasta entonces estático se anima a girar, a dejar de recorrer de un lado a otro de la pista, de extremo a extremo tu cuadra, de arriba para abajo tu casa. Me alejo caminando presuroso y con los ojos cerrados, guiándome sólo por los reclamos de los peatones, los gritos de aquellos contra los que choco frontalmente en mi ciega arremetida, y las estridentes bocinas que me anuncian el haber abandonado la acera y estar deambulando por la pista. Llego a la seguridad de mi mundo a puertas cerradas, cama destendida y vida desordenada; me encierro en la seguridad de mi mundo a ojos cerrados, palabras vencidas y recuerdos impostados. Como lo envidio, como te envidio. Como envidio que pueda tenerte cerca, que pueda abrazarte, peor aun…que tu quieras abrazarlo tanto. Como envidio que pueda besarte, que pueda sentir tus labios cuando le plazca, peor aun…que tu quieras besarlo tanto. Como envidio que pueda enojarse contigo, que pueda decirte como te ve en ese momento, peor aun…como envidio que seas tu quien lo busque para calmarlo.
Como envidio que su ira y frustración se encuentren con tus manos en su rostro; como envidio que su tristeza se halle con tu hombro cálido; como envidio que sus problemas se encuentren con tus palabras mas dulces; como envidio que su soledad se encuentre con tu compañía incondicional; como envidio que su miedo se encuentre con tu valor y fuerza; como envidio que su desamor se encuentre con tu devoción ciega; como envidio que su tiempo se encuentre con tu presencia constante; como envidio que sus necesidades se encuentren con tu intención dispuesta; como envidio que sus sueños se encuentren con tus desvelos prestos; como envidio que sus ojos hipócritas se encuentren con tu mirada sincera; omo envidio que su dolor se encuentre con tu amor eterno.
Como lo envidio, como te envidio. Como envidio que sea lo que buscas, como envidio que sea lo que te hace feliz, como envidio que sea lo que requieres, como envidio que lo crean perfecto para ti, como envidio que te creas todo eso, y peor aun…como envidio que se lo hagas creer a él.
Como lo envidio, como lo envidié esta tarde por estar contigo…justo este día…Como te envidio. Como lo envidio porque me hace envidiarlo tanto…Y como te envidio en especial a ti, por tener a alguien que siga muriendo por ti, aunque su amor tú hayas matado, haciéndolo envidiarte y envidiarlo tanto.
Te envidio.